12 sept. 2014

El corazón perdido


En una mañana calurosa, los dedos de Erik debatían su máxima flexibilidad, mas  sus ojos no lograban ser testigos de lo que ocurría. Valiéndose del sentido del tacto notó cicatrices de débil textura en su espalda: piel muerta, consecuencia del incipiente verano. Con los ojos entreabiertos,caminó hasta su balcón, lo colocó mirando al Sol y sopló.
Floreadas y pequeñas,  las ruedas de la bicicleta aún giraban en el suelo, daban el aviso de una reciente visita. Con una manzana entre las manos, ella retrocedió, miró hacia arriba y lo vio salir. “Hola” le dijo. Segundos después, al lado de ella, su padre llegaba, con una enorme sonrisa  sacó una manzana y al chico gritó: “¡Vamos!”, “¡Cógela!”.
De pronto, cubierto de ramas de enormes y viejos árboles, el cielo centelleaba su máximo esplendor. Con una mano en su hombro, el padre sonreía a Erik quien, intimidado, lo  observaba más su pequeña amiga volteó y lo llamó: extendió firmemente su brazo izquierdo hacia él.
Sobre las raíces de majestuosos árboles, dejaron una a una, las bicicletas y corrieron hacia un lago. A gritos de felicidad con un llamativo bikini rojo, la niña se sumergió. En la orilla, Erik se cambiaba cubriéndose con una toalla; el hombre, sin recelo alguno, mostrándose tal como había llegado al mundo. Entorpecido, el niño bajó la cabeza y se miraba a sí mismo: reflexionaba, cuando escuchó: “¡Erik!”, pestañeó tres veces y al lago corrió.
Nadó  hasta una tabla flotante, y fijó su mirada, apagada pero curiosa,   sobre la orilla. Al instante, la niña, con arena en las manos, sorprendió a un Erik, totalmente desprevenido , sumergiéndose ambos en la profundidad del lago.
Erik, sin decir palabra alguna, corrió a la orilla a saborear un bizcocho que tenía guardado; la niña donde su padre a ayudarlo con el bloqueador solar. Con el dedo índice, lo retó a adivinar lo que dibujaba en su espalda. Mientras ellos sonreían, Erik pensaba en lo fascinante de su relación, con su rostro en la arena, sopló, observando cómo esta se dispersaba, lentamente, por el aire.
Minutos más tarde, un cuerpo buceaba hasta llegar a la tabla flotante;desde el otro lado, dos niños jugaban a las adivinanzas. ¿”Es una S”? le preguntó él . “S de Sofie ”recalcó ella. Erik se acomodó en la arena, “Cierra tus ojos y cuenta hasta diez”-escuchó. Contó, terminó y un beso en la mejilla recibió. Sorprendido, oyó: “ es tu turno”, mas  sin  agallas no sabía que hacer : su corazón andaba perdido. Lentamente, ella comenzó el conteo, el miró a todos lados, cogió un poco de arena, nadó hasta la tabla y esparció esta, suavemente, sobre la espalda del hombre quien se paró y cogiéndolo de los brazos y piernas lo arrojó al lago. En la orilla, Sofie contó diez, abrió los ojos y sonrió: su compañero, empapado, había extendido sus labios, rápidamente, hacia su mejilla. Cansado, satisfecho y feliz dejó caer su cuerpo en la arena y a lo lejos, el hombre, sobre la tabla y con un corazón en la espalda, vio las  aguas del lago y se echó a nadar.





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