28 ene. 2015

LA DECISIÓN

Esa noche el corazón de María no durmió.

Todos esperaban con ansias el día de la boda, todos menos María quien sí  la esperaba pero sin ansia alguna. A dos días de darse, los preparativos apenas comenzaban a estar listos. Habían esculturas de hielo de los novios, flores de cientos de colores adornando los pasos y ángeles colgando por todo el techo. Todo estaba ahí y asimismo  nada estaba en su lugar hasta que llegó el gran día. La organizadora de eventos corría tanto como su rímel, los mozos se apresuraban en pulir todo y los invitados aún no llegaban.

En su cama, María sintió el Sol y se levantó, se puso un vestido simple, caminó hasta la puerta y cerró. A unos pasos del hotel de recepción y la iglesia de la boda se encontraba el mar. María odiaba el mar, pero odiaba más la boda y se marchó.

Frente a la nada se sentó, sus piernas se abrían y cerraban mientras su cabello  desnudaba su rostro, las olas llamaban al eterno exilio y su corazón apostaba solo por el delirio. María cayó en su propio mundo abisal, frente a su conciencia disimulaba estar bien, contenta y animada mientras por dentro no sabía dónde más ocultar la cara. Ella se odiaba, lo odiaba y lo amaba.

Tras una terrible batalla consigo misma, no quería despertar, el agua comenzó a llegar a sus pies y esto no le importaba. No quería salir hasta que por completo ella se ahogara, en un profundo mar de sentimientos.
El viento llevaba su pelo sobre su cara, sus ojos cerrados guardaban arena arriba de las pestañas.
Cada vez que ella recordaba, cada vez que María pensaba, la arena de sus ojos temblaba.
Fue ella quien lo conoció primero, fue ella  quien rozó amor por sus labios  primero, fue ella quien quiso  olvidarlo primero, mas no pudo. Su desliz, su estúpido y cruel desliz  trajo a “la novia” a su vida.

Formó un puño con las manos, las levantó sobre sí misma y soltó. Cada grano de arena que caía era un recuerdo para ella; cada grano de arena que el viento se llevaba era el presente, puesto que el viento solo  llevaba a María en dirección a la iglesia.
Pasó el tiempo y abrió los ojos,  la arena se esparció en su frente, su mirada, ligeramente amarga, observaba el cielo.

Pero el cielo de él ya no le hablaba, era el momento de María, las nubes la amenazaban y su conciencia remecía. Mojada hasta las rodillas, se levantó, sus zapatos ya no estaban en el lugar y recogiendo levemente su corazón, se armó de valor y corrió.

En la gran puerta se paró; levantó ,lentamente, la mano derecha y empujó, abrió la boca para gritar pero se calló, la callaron. Tras una horda de miradas extrañas, ella no avanzó, su mirada explotó y su rostro se ensució, el mar llegó hasta sus ojos quienes derramaron lágrimas con arena frente a la situación.


El limpiador se acercó y su hombro tocó, Maríaa lo miró y con una desalineada sonrisa exclamó : “¿He llegado tarde no?”, a lo que el hombre con un suspiro leve respondió: “Ya todo terminó.”


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