3 feb. 2015

El corazón de Samantha

Un ruido despertó la curiosidad de Samantha y con ella sus ojos.
Mientras miraba el techo una leve brisa saludó su pecho izquierdo haciendo temblar al derecho. Con gracia, Samantha llevó sus cálidas manos hacia sus senos y apretó. Tras una lenta sonrisa se paró de la cama y la brisa, convertida en un viento abrumador, hizo temblar a su cuerpo desnudo mas ella ni siquiera se inmutó.
Samantha era un bombón de chocolate, dulce y deseable, en la tierra. Sus curvas, delicadamente, formadas llevaban a cualquiera  al delirio y sus nalgas, tan duras y tan apretadas, eran el fin.
 Detrás de su larga, negra, y traviesa cabellera se escondían sueños y detrás de su tabique, hermosamente, desviado se ocultaban sus más grandes temores. Sus labios siempre estaban mojados y sus senos eran como un par de melones bien logrados. Mas su tremendo cuerpo no era capaz de guardar un corazón, no había espacio suficiente. De niña su padre lo había matado y su madre se enterró con él.




El amor no conocía a Samantha y Samantha no conocía al amor, sólo  sus dedos, delgados y largos, bajo su ombligo la hacían sonreír y cada movimiento que estos manejaban  la llevaba a la entera satisfacción. Solo bastaba ocho segundos para olvidarse  del mundo, solo bastaba ocho segundos para olvidarse de ella misma, mientras su fría mirada se tornaba perdida sobre la Luna, Samantha disfrutaba de estar sola y completamente desnuda.

Levantada de su cama, buscaba la razón que la había sacado de  ésta cuando vio cómo el suelo brillaba. Echó su cabellera hacia atrás y se acercó, con el ceño fruncido vio su reloj, roto y muerto, frente a ella y frente al Sol. Soltó un suspiro.
De pronto, otro ruido la amenazó, Samantha volteó su cabeza, ágilmente, hacia la ventana y lanzó un grito aterrador. En el viejo árbol de su infancia yacía un hombre observándola sin pantalón.

Sin fuerzas para seguir gritando, cerró las cortinas y cayó sobre el suelo, Las heridas de sus piernas despedían gotas de sangre con vidrios rotos y su corazón llegó desde la tumba de su madre a causarle dolor.
Con los ojos ahogados, Samantha se arrastró, levantó un poco la cortina y nuevamente se asustó, se llevó la mano al pecho y cerró los ojos. El hombre se había ido.

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